La caricia del otoño

Estaban lo suficientemente cerca como para poder sentir la piel el uno del otro y sin embargo no llegaban a tocarse; pero es que se encontraban lo suficientemente lejos el uno del otro para que así entre ellos pudiera resbalar una brisa, que giraba en una montaña rusa y tomaba velocidad al jugar con sus ropas y se impulsaba hasta las copas de los árboles, donde susurraba el mensaje de que el momento de dejar caer las hojas había llegado. Columpiaba aquella brisa las hojas hasta dejarlas sobre la arenilla del suelo que rechinaba con quejidos de ancianos al sentir los pasos sobre ella. Seguir leyendo

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Los emocionales

Piensa en una manera de definir la música. Solamente con una frase. Solamente con una palabra. Yo lo he intentado, he reflexionado sobre ello muchas veces, he buscado el término en el diccionario e incluso en foros de Internet. Pero nunca he logrado hallar la manera adecuada que se ajustara, que tan siquiera pudiera llegar a acercarse, a lo que yo percibo como la música. Al final, he concluido que, simplemente, la música no puede ser descrita. La razón es muy simple: la música sólo puede ser sentida.

La música es sentimiento. Y saber transmitir los sentimientos requiere de algo que pocas personas, las verdaderamente afortunadas, las que yo llamo emocionales, poseen: una extraordinaria sensibilidad. Para esas personas la vida es más que fisiología. Para esas personas cerrar los ojos es más que sumergirte en la oscuridad. Para esas personas respirar es más que tomar aire.

Por eso aquel día no pudo tocar en el concierto. Esa semana los sentimientos que quería transmitir fueron espantados y acobardados, arrollados por el tremor causado por lo que aconteció días previos. El desánimo la compungió. No pudo salir a escena porque su honestidad le dijo que no transmitiría los sentimientos que la pieza requería, sino los suyos propios. Y dijo no.

Le mentí. Le dije que era cosa de pánico escénico, nada más. Que algo así nos puede pasar a todos.

Porque sólo a algunas personas les sucede alguna vez. A los afortunados. A los emocionales.

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La Fotografía

Cuando miro la fotografía que tengo en la palma de la mano, mi cuerpo altera su paz con un tímido temblor que va desde mis pies hasta mis labios, en los que se forma una diminuta sonrisa, que desaparece en segundos, arrebatada por la melancolía de su recuerdo. Es como si una rompiente me hubiera golpeado en la orilla del mar de las dudas. Cierro los ojos con tanta fuerza que la oscuridad se disuelve en mi respiración. Creo que ya ha llegado el momento. Desgarro la fotografía a la mitad. El instante en el que le conocí, entrando en aquella cafetería en la calle de Pereda. Junto los dos pedazos y asimismo los vuelvo a dividir. Las tardes paseando por los acantilados del faro. Sigo rompiendo los pedazos. El sabor de la moca en la Plaza de las Cervezas. Cada vez los trozos son más pequeños, y en cada desagarro, rompo uno de nuestros recuerdos juntos y lo entrego al aire. La cafetería del Hotel Bahía. La cuesta de Sotileza. Las lluvias que nos sorprendían en la playa. Los baños de ola, San roque y la Fuente de Cacho. Pienso que si sigo quebrando los restos de la foto, lograré hacerle desaparecer del todo, así que no dejo de dividirlos. Cuando éstos son tan pequeños resulta muy difícil reducirlos más, me doy cuenta de que es inútil, sigue estancado en mi mente. Frunzo el ceño. Tal vez no haya desaparecido porque no la hay roto lo suficiente. Continúo con la labor, hasta que los trozos son tan diminutos que es imposible prolongar mi cabezonería. Me pregunto si podría seguir así, a niveles microscópicos, dividiendo los trozos, más, más y más; hasta que desaparezcan. Pero me doy cuenta de que eso es imposible. La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Entonces, ¿Cuándo parar? Aunque quisiera, no la puedo dividir eternamente. Aunque quisiera, no le podré olvidar.

Recuerdo que una vez alguien me preguntó qué es lo que cabe en la palma de una mano. El infinito.

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Algunos recuerdos….

… Entremezclo y confundo recuerdos de todas las veces que Tere tocó y tocará para mí. Veo cómo sus dedos se mueven, las yemas acarician las teclas con delicada fuerza, sus ojos se cierran para que así la música  pueda absorber todos sus sentidos, incluso la vista. Entonces comienza una mágica conexión en la que ella, sus manos, el piano y la música se funden en un único conjunto en el que los sentimientos se transmiten por el tacto, el tacto fabrica melodías, y las melodías llegan a mis oídos, me hacen percibir una  sensible fragilidad que me transporta a ese estado en el que el tiempo pierde su significado y cede la oportunidad de sumergirte en un estado eterno de plenitud y concordia.

… Aún están en mi mente, y creo que no se escaparán nunca, las palabras ‘Quiero e mando’ con su olor  a folio teñido de café y tinta de plumilla, y todo lo que el testamento de Isabel la Católica, cinco siglos después, hizo por mí.

… Me acuerdo del llanto sin lágrimas de aquella cachaba apoyada en la pared de un pasillo, enfermada de soledad, esperando a que él se aferrara a ella una vez más en sus lentas caminatas pasillo arriba, pasillo abajo. Aguardaba con melancólica esperanza, aun siendo consciente de que esos paseos jamás volverían a repetirse.

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La Barrera Infranqueable De La Invisibilidad

El espectro de la sangre, sobre todo si se trata de sangre ajena, escuece el alma como urticaria que acaricia con aspereza el interior de la piel. Tiene un tacto que no se puede olvidar, porque jamás desaparece de tus dedos. Por eso sabía que la diminuta mancha roja no era sangre. Cayó otra gota y la humedad avinada se siguió extendiendo, entretejiéndose en la tela vaquera des sus pantalones. Se llevó la mano a la rodilla, y miró al techo. Una tubería oxidada vertía las lágrimas a un ritmo cada vez más acelerado, entintando sus puños de un color cada vez más puro. Miró sus manos inundadas por el óxido líquido. Vio sus manos manchadas de rojo aquella noche, rojo de sangre auténtica. La suya, y la del otro; esa que sólo emerge cuando se rompen las ramas que la contienen con la brusquedad violenta de la pasión enfermiza del odio.

¡Pam! Un golpe en la puerta.

¡Pam! Un golpe en la mejilla.

Agua teñida de rojo en sus nudillos.

Sangre teñida de odio en sus manos.

Golpes. Dolor ajeno. El hombre no gritaba, porque no le dejaba tiempo para poder tomar el aire suficiente para poder producir algún sonido. Le había agarrado fuerte del hombro y obligado a darse la vuelta. A verle la cara. A mirarle a los ojos con sus pupilas dilatadas, hasta que asestarle el primer puñetazo en el pómulo, seguido de otro en las costillas. Sintió los huesos contra su puño, la presión de las venas al estallar como hace un escarabajo cuando lo aplastan unos dedos fuertes. Le golpeó tanto que cayó al suelo. Tratando de defenderse le propinó a Anthony una patada. Pero iba tan colocado que no era capaz de medir ni su fuerza, ni su puntería; e intentaba patéticamente reptar sin rumbo en su fútil huida. Sus ojos respiraban pánico mezclado con las alucinaciones de un drogadicto. Una patada en su cara hizo que se le desencajara la mandíbula, e inmediatamente la sangre comenzó a inundar sus encías, a alojarse entre sus dientes; y como el petróleo que impregna las plumas de las aves, se pegaba en sus labios, emanaba de su boca. No paró de golpearle. Ni siquiera cuando esa sangre mezclada con la suciedad de las calles comenzó a abrazar su cuello, extendiendo su garra hasta rodearle y estrecharse a él, confundiéndole con restos de detritus descompuesta.

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